Inerte | #RetoNarrativo núm. 3

¡Ya se cerró el tercer #RetoNarrativo después de acabar con este exquisito menú! Nuestro tercer desafío lo aceptó Miguel Ángel Contreras, que continuó el pie que le propusimos. Y así quedó este relato con giro inesperado.

Inerte

¡Usted no sabe con quién está hablando!

¿Y acaso cree que con semejante afirmación evitará que en estos tiempos de confinamiento prenda la llama de mi interés? Sepa usted, humano altivo, que la curiosidad no mata al gato, aguza sus sentidos.

El tipo me miró de arriba abajo y chasqueó la lengua con desprecio, pero no logró desviar mi mirada insistente. Sospeché que debía ser un funcionario de tres al cuarto en algún ayuntamiento chico, pero aquellos calcetines de seda morados me desconcertaron.

-Será mejor que se vuelva por donde ha venido. O si no… Y, con una mezcla de desprecio y autoridad autoimpostada, señaló el móvil cuyo led anunciaba una cámara encendida mientras caminaba de regreso a su balcón de guardia.

Justo en ese momento el reloj de la plaza marcaba las ocho y fue creándose un estrépito de palmas cada vez más grande, el tipo estaba inmóvil, no aplaudía, tan solo miraba a esa gente aplaudir al cielo…

Una lágrima de impotencia surcó su cara de arriba a abajo. Luego vino un suspiro, mil imágenes de gente hablando, sonriendo, gritando….la vida se había paralizado en ese instante, y la angustia aterrizó en su mente sin una salida clara.

¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí? ¿Quién era? Las fuerzas se le escapaban a través del aliento y cerró los ojos antes de desplomarse inconsciente. Su cuerpo quedó blando, frágil, desnudo sobre la acera sin que nadie se acercara a auxiliarlo.

En medio del alboroto de aplausos, me acerqué yo. El móvil de aquel hombre seguía grabando, aunque la cámara ya no enfocaba más que cielo. Y era una suerte, porque aquellos horribles calcetines me hicieron sacar el arma. ¿Quién demonios lleva esos calcetines?

Recogí el móvil y enfoqué al cuerpo inerte. “Sé quiénes sois y vais a pagar por esto”, dije para que me oyeran en el otro extremo de la transmisión. Lo giré hacia mí, les dediqué una mueca de desprecio y rompí la pantalla con la culata del arma.

Uno menos, sonreí… Cada cadáver me acercaba más a esas máscaras de piel que se sentían humanas, capaces de imitar las más pequeñas de nuestras mezquindades, incapaces sin embargo de sobrevivir cuando nuestra grandeza se hace ruido a las ocho en punto.

Guardé el arma y me aseguré de llevar la mascarilla en su sitio. No era un acto de temor al contagio, era un acto de respeto a los que luchaban contra él. El próximo que estuviera en la calle sin necesidad, tendría que vérselas conmigo.

FIN

Participaron en este relato:

https://twitter.com/libreriacanaima/status/1247469988484702214

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