Antonio Arias

La mujer incompleta.-

Sentí como temblaba cuando empecé a desnudarla despacio. La noté nerviosa, quizá demasiado para esas alturas de la historia. Sin llegar a resistirse, Carlota tampoco facilitaba mis afanes por desvestirla. Respiraba agitadamente y se cubría el torso con los brazos, impidiéndome no ya solo tocar su cuerpo, sino incluso que pudiera poner mis ojos sobre él. La tomé por las muñecas y con un movimiento brusco y autoritario abrí sus brazos. Y entonces lo entendí todo.

Entendí por qué tanta demora en llegar a aquel momento a pesar de los indudables sentimientos, por qué tantas excusas a pesar de tanto deseo, por qué tanto titubeo a pesar de las ganas. Ella se sentía incompleta.

La brutal cicatriz atravesaba su cuerpo en diagonal, desde el hombro a la cintura, cual grotesca banda de dama de honor. El rosado surco de carne literalmente dividía su torso en dos mitades, como una falla sísmica, cercenando su seno derecho y luego ensanchándose para serpentear en leves eses por el estómago. Finalmente se perdía por debajo del pantalón, haciendo imposible conocer el tamaño real de la herida.

Una vez Carlota se vio totalmente expuesta a mi vista quedó inmóvil, impasible, escrutando atentamente mi rostro. Luché contra mi sorpresa para no mostrar emoción alguna y, mirándola a los ojos, puse mi mano sobre su seno deshecho y, bajando con suavidad por el grueso trazo, atraje su cuerpo hacia mí.

Ella sonrió. Y empezó todo.

Nunca fui tan feliz como en mis años con Carlota. Me cautivaba que, a pesar de su indudable belleza, se mostrará tan tímida y sencilla; que siempre quisiera pasar desapercibida, que siempre quisiera parecer “poquita cosa”. Por esas incomprensibles cosas del ser humano, su marca la hacía insegura y frágil. Se creía diferente. Como el primer día, siempre se pensó incompleta.

Pero no lo era para mí. Cada noche el sueño me atrapaba con el brazo sobre su cicatriz, sintiendo su tacto áspero o suave, según sobre qué parte cayera mi mano; y en las frías noches me apretaba contra ella buscando el constante calor que surgía a su través, desde las mismas entrañas, casi sin piel de por medio.

Me cautivaba ver, en las holgazanas mañanas de domingo, el brillo que reflejaba la zona lisa de su herida cuando la luz de sol la golpeaba al atravesar las cortinas medio abiertas de la alcoba. Parecía una Diosa. Y me parecía vivir en un cuento de hadas al ver los destellos que surgían en las noches de luna llena, cuando un rayo se aventuraba a besar el mágico surco.

Ya era mi cicatriz.

No podría asegurar cual fue el motivo del final. Solo sé que, un buen día, como pasa a otros muchos, todo de lo que siempre nos habíamos considerado a salvo, entró de golpe por la ventana. La dejadez, la rutina, el hastío. Quizá, con el tiempo, ella pensó que podía aspirar a algo más que a un pobre escritor desconocido de provincias. O quizá fuera esta paranoia que ahora escribo la culpable de todo. No lo sé. Imposible saberlo. Solo sé que se acabó.

Ahora la echo de menos. Sí, mi recuerdo de Carlota es constante. En cada despertar junto a otra mujer me descubro palpando ese torso nuevo, añorando la imborrable sensación de aquella cicatriz sobre el pecho. Busco, sin encontrarlo, su reconfortante calor casi sin piel, que no me llega. Y siempre – llámenme loco-, abro las ventanas de par en par mientras mi acompañante duerme albergando la esperanza, siempre sin fortuna, de que el reflejo de sol traiga un nuevo brillo que ciegue mis ojos.

Nunca seré el mismo sin Carlota. Yo llevo ahora su cicatriz. Porque para mí, sin ella, todas las demás son mujeres incompletas.

© 2014 Antonio Arias

Antonio Arias en El Sillón de Canaima

 

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El don.-

María había nacido sin duda con un don especial y único, y sus padres, no queriendo tirar por la borda tal regalo divino, hicieron que dedicara los primeros años de su niñez a desarrollar los extraños poderes que le habían sido otorgados. A perfeccionar, por ejemplo, ese valiosísimo sexto sentido que le permitía conocer, con una simple mirada, el estado anímico de cualquier persona adivinando al instante si estaba triste o alegre, eufórico o deprimido, o si ansiaba compañía o buscaba soledad. O a ahondar en ese increíble sentido espiritual que le hacía notar la presencia de muchos “amigos sin cuerpo” con los que pasaba horas charlando sobre asuntos de una dimensión paralela. Algo solo posible, tal y como había consultado su padre en internet, para algunos elegidos.
Pero su don más envidiable era sin duda el de saber regalar, alegre y generosamente, algo a lo que nadie mas estaba dispuesto a renunciar, ni siquiera un poquito. María, sin necesidad de pedírselo, te daba su tiempo; el bien más preciado y escaso de todo ser humano; y con él te ofrecía su paciencia infinita. Era capaz de sentarse a tu lado días y días hasta estar segura de que se pasara tu tristeza, aún sin entender del todo los porqués, los cómos y los cuándos. No había duda, María había nacido con un don. ¡Vaya! ¿Dije don? Se me escapó una letra … quise decir down. Bueno… don, down… ¿Dónde está la diferencia?

© Antonio Arias

Antonio Arias

Hazlo por mí.-

Rick,el menor de los hermanos, era una bendición para sus padres. Siempre atento a echar una mano y a ayudar en lo que fuera necesario, sabía anticiparse a las necesidades de sus cada vez más ancianos padres y no había día en que no encontrara un rato para estar con ellos y procurarles compañía. Pertenecía además a ese exclusivo club de personas cuyos días parecen tener 48 horas, y participaba en no se sabe cuántas asociaciones, organizaciones y voluntariados; se divertía saliendo con sus numerosos amigos o con su novia, cuando tocaba tenerla; y cumplía como el primero en su trabajo de asistente social.
Para todos los que le conocían Ricky era un imán de la alegría, un espíritu feliz y libre para el que estar atado a aquella silla de ruedas no era ningún impedimento para volar y, sobretodo, para hacer volar a otros. Como él siempre decía “de no haber sido por aquel accidente no habría conocido a muchos de los amigos que tengo ahora; así que sí volviera para atrás me lo tendría que pensar. Ja Ja”.
Pero la felicidad que Ricky propiciaba en el hogar de sus padres no era completa y a veces, en algunas de sus visitas, encontraba a sus progenitores sumidos en la tristeza, con los pensamientos en algún lugar lejano, asomados juntos a la terraza.
Él se acercaba sigilosamente con su silla de ruedas hasta ponerse junto a ellos y les hablaba. No te preocupes mamá – decía siempre sonriendo – Seguro que él se acuerda mucho de nosotros y sobre todo de ti, pero ya sabes que trabaja con altos ejecutivos, y con consejeros y otros de esos jefazos y no le quedará tiempo para nada. ¡Si hasta sale en la tele! ¡Verás que un día de estos llamará, ya verás, ya verás, dentro de muy poco!.
Sí, sí -respondía su madre escondiéndole las lágrimas y su penar- seguro que sí, seguro que tu hermano llamará cualquier día de estos. Y entonces, mirando a los ojos de su hijo, le solicitaba de nuevo el juramento de siempre – Prométeme que cuando nosotros no estemos no lo dejarás solo, él no sabe nada de la vida. Hazlo por mí- Y Ricky, también como siempre, se alongaba sobre su silla de ruedas y abrazaba con cariño a su viejilla. “No te preocupes mamá, te lo prometo”. Ricky sabía lo doloroso que era para una madre dejar atrás a un hijo minusválido.


© Antonio Arias

El Premio.-

Ayoze levantó exultante su premio de mejor disfraz de carnaval. Sin duda se lo merecía pues este año se había esmerado mucho y en verdad que su disfraz de demonio de las tinieblas causaba auténtico espanto. No en vano se había pasado toda la semana probando maquillajes y poses, viendo películas y documentales sobre el maligno, y ensayando muecas y amenazas frente al espejo. Más de un mes estuvo ahuyentando y asustando a sus sufridas madre y hermanas con aullidos y gritos nocturnos. “¿Qué quieren? Tengo que ensayar para el concurso” – les decía siempre a las atemorizadas mujeres tras aparecer de sopetón tras la cómoda o agarrarlas por detrás en el descansillo de la escalera .

Tras recoger el premio y recibir los aplausos del público, el segundo clasificado, casualmente también con disfraz de demonio, quiso felicitarlo deportivamente.

Una vez que Ayoze apretó la mano tendida de su rival éste lo atrajo para poner sus labios en la oreja y en voz muy baja le susurró “gran disfraz y gran actuación, Ayoze. Creo que tienes madera; cuando quieras tienes un puesto allá abajo conmigo”. Ayoze se retiró un palmo y pudo ver de cerca los ojos felinos del diablo a la vez que notaba cómo su nariz se inundaba de un nauseabundo olor a azufre pestilente. Belcebú sonrió, le picó el ojo y ¡Puff! . Desapareció.

Ayoze tragó saliva, miró su alrededor y secándose el sudor mientras acariciaba su trofeo pensó para sí sonriendo… “¡Vaya, sí que es bueno mi disfraz!”


© Antonio Arias

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