Carlos Odeh

Con una semana de retraso por la obligada asistencia de los libreros a LIBER, estamos de vuelta para traerles este excelente texto de Carlos Odeh sobre el Faicán, el sacerdote que daba consejo a los monarcas guanches.

Faicán.-

Agachado, sintiendo el rumor de la tierra bajo las plantas de sus pies, ausculta señales en el cielo, plagado de luces y cometas. Conocedor divino de los secretos, liberado el cuerpo de humanas cadenas, señoreando los designios de silenciosos y perdidos ocasos. La espuma de los mares, su caricia sobre los lejanos farallones, el ondulante movimiento de las estrellas marinas, el súbito estremecimiento de las montañas cuando vomitan fuego de sus entrañas, el lamento de la ahulaga y la palmera; revoloteando vertiginosamente en el corazón del anciano, sumiéndolo en la aurora de nuevas y recobradas visiones. Corazón de malpaís, endurecido como magadoi, obscuro y profundo como cuchillo de obsidiana, solitario y misterioso como los roques que se alzan en lo más profundo de la isla, allá hacia donde los guanches dirigen sus plegarias.

El brujo de la tribu, faicán, secretamente pacta con las sombras, acomete con sus cantos a las nubes pasajeras: “¡hágase la lluvia!”, -grita-, “¡que Alcoracii se apiade de sus hijos!”, “¡que el balido de los baifos conmueva sus ojos!”, -implora-, “¡que sus lágrimas caigan y empapen la tierra!”. El brujo de la tribu, faicán, dirime disputas entre hermanos, solicitando consejos del viento, persiguiendo el enigma del mar en la orilla, silencioso, sobre su pecho el tenique redondo, labrado por las olas. El brujo de la tribu, faicán, lee el secreto en cuevas sin nombre, almagre sagrado en los signos palpita, grabados que invocan a la madre tierra, vulvas femeninas clamando en la noche, ayunando desnudo sobre la roca labrada que el rocío humedece. El brujo de la tribu, faicán, caminante de caminos sin nombre, recolector subrepticio de raíces y hierbas, -chajoras, tahalagues, tazaygosiii-, traspasadas la noche anterior, tras la conjunción de estrellas, por la luz de Celiv, misterio de plata que brilla en lo alto, nocturna leche que da fuerza, que da poder, que aleja la sombra de Guayotav y sus males del alma de los guanches. El brujo de la tribu, faicán, en los templos la derrama, esotéricas figuras se dibujan, sorbo a sorbo bebiendo, gánigovi roto en pedazos, barro que vuelve a la tierra tras la lluvia temprana, tierra amasada, incesante en el ciclo infinito.

Sobre los roques más altos, furia del viento –cortantes tabonasvii- en su pecho, lluvia que azota el rostro, oscuridad de la noche que ciega los ojos, -Enacviii, soberana de sombras sin alma-, escuadrón de fugitivas nubes que arrastran consigo la luz del ocaso. Sobre los roques más altos, roque más frágil, pequeño, amasijo de huesos y carne bajo el designio del sumo hacedor; el más humilde pastor, silbando a aridamanasix sin nombre, poblando la obsidiana de la noche, diseminado el rebaño sobre infinitos barrancos. Sobre los roques más altos, atalaya imposible donde deshoja la palma del tiempo, cuerpo de ahulaga tatuado de signos, conjuros que alejan a tibicenasx, demonios torcidos que pueblan la noche, tinieblas que engullen al guanche imprudente, perros lanudos venidos de lo obscuro. Sobre los roques más altos, ayuno que purifica, sólo el tehuetexi de junco, gofio fecundado, sagrada mano de mujer; la tierra, madre dadora de todos los bienes, útero que acoge en su seno a los perdidos hijos del volcán. Perdido en lo alto, la visión se presenta desnuda, remolino de estrellas ante él, laberinto de arenas y rocas, regocijo de pinares y tabaibas, el aliento de las lavas ante él danzando, desvelado el rostro del eterno, desvelado el rostro de la dueña, madre Tara, cabellos de espigas, turba en el vientre, girando incesante en quimérico corro. Sobre los roques más altos, el brujo de la tribu, faicán, dibujando signos en la arena, dibujando signos en la roca, dibujando signos en el viento, canturreando plegarias más viejas que el tiempo, anticipando el destino en el vuelo de las aves. Sobre los roques más altos, el brujo de la tribu, faicán, simiente que fecunda los senderos, soplo de brisa sobre la espiga de cebada, agazapado en la aurora, descarnado habitante de lo oculto, en el cuerpo de la roca, en el cuerpo de la espuma, en el cuerpo de la lluvia, uno con todo y en todo.

Sobre los roques más altos, y allí donde el mar estremece la arena con su aliento, el brujo de la tribu, faicán, protector de los hijos del alisio, protector de los hijos engendrados por la lava, protector de la raza que vino del mar, interrogador de fugitivas estrellas, cerrados los ojos de par en par, escucha el llanto de las madres, sangre tiñendo los montes, plegarias imposibles esparcidas al viento, pechos partidos en dos, siniestras sombras atenazando al cielo, oscuras sombras ululando en los barrancos, macabras sombras que, sobre las grandes aguas, se aproximan.

Glosario

I.- Vara tostada endurecida el fuego, utilizada para la guerra

II.- Dios de los grancanarios

III.- Nombres indígenas de ciertas plantas

IV.- La Luna

V.- El Demonio. Los indígenas grancanarios creían que habitaba en las entrañas de la tierra

VI.- Cazuela de barro cocido

VII.- Cuchillo de pedernal

VIII.- La noche

IX.- Cabras

X.- Demonios en forma de perros grandes y lanudos

XI.- Pequeña bolsa de tejido de junco o de hojas de palma


© Carlos Odeh

Be Sociable, Share!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *