Chema Ayaso

Corredor Zen.-

Aquella mañana el abad del monasterio terminó de preparar los saquitos que contenían la mezcla de hierbas medicinales para los abuelos de Marcos; un venerable matrimonio de ancianos que vivían a unos veinte kilómetros al otro lado del pueblo. Eran las cinco y media de la mañana de un frío domingo del mes de noviembre y el maestro indicó a Marcos que después de su práctica diaria, iba a ser él el encargado de partir a despachar aquellas medicinas. El joven monje sintió una inesperada alegría porque después de casi tres años de retiro iba a poder volver a ver a sus abuelos. Una vez que terminó de empaquetar los remedios herbales en su pequeña mochila, Marcos atravesó el umbral de la puerta del monasterio con una emoción contenida. Sus manos, tan inquietas como sensibles, intentaban centrarse en la zona de su “hara” para canalizar los borbotones de energía que lo invadían. Se recordó a si mismo unos años atrás. Un joven adolescente disperso, sin una motivación clara y dispuesto en muchas líneas de salida, pero en ninguna de llegada. El frío lo devolvió a la realidad del momento presente y Marcos supo darse cuenta de ello, y agradeció la enseñanza. Entonces, centrando la mente en su respiración y albergando a ambas en su regazo, entre sus manos, se calmó. De pie ante el inmenso y gélido paisaje que ofrecía el exterior del monasterio, decidió que haría el viaje corriendo y, con más entusiasmo que consciencia se puso en marcha. Cuando apenas había recorrido dos o tres kilómetros empezó a sentir que su respiración se entrecortaba y que sus piernas no le daban la respuesta esperada. Decidió aminorar un poco la velocidad de la marcha para recuperar el aliento. Gracias a su disciplina de cada mañana, supo darse cuenta de ello y también agradeció la enseñanza. En ese mismo instante decidió que toda la carrera sería como sus años de retiro; con esfuerzo continuado pero con control y escuchando su respiración como principal mensajero de sus diferentes estados mentales. Supo sacar su práctica diaria de la atención, del cojín en la celda de retiro e incorporarla a la vida cotidiana. A medida que iba avanzando, el camino le presentaba múltiples oportunidades para conocerse. En las partes más llanas podía darse cuenta de que cada uno de los elementos que conformaban el paisaje era poseedor de una energía particular que compartía con el resto y que. entre todos, incluido él conformaban una unidad. En los tramos más empinados sus fuerzas se transformaban en flaqueza y aunque nunca se tambaleó su voluntad, si que pudo observar cómo algunas dudas intentaban boicotear su motivación inicial. En todas estas vivencias Marcos supo encontrar las enseñanzas que su maestro le había entregado durante todos los años de retiro. Pudo reconocer la sabiduría y la presencia del viejo abad en cada una de ellas y feliz, las incorporó al momento que estaba viviendo. Una vez más fue plenamente consciente de ello y dio gracias. Cuando Marcos llegó a la casa de sus abuelos encontró que todo estaba cerrado. Un vecino que lo reconoció lo tomó de las manos y al ver sus hábitos de monje se postró delante de él y muy apenado le explicó que ambos ancianos habían fallecido en el lapso de una semana. Marcos entró en la pequeña estancia y después de recorrerla con la mirada e impregnarse de sensaciones y de recuerdos, se sentó a meditar. Observó su mente invadida por la tristeza y aprendió. Aprendió también sobre la impermanencia de todas las cosas y sobre la verdadera naturaleza de las apariencias con las que llenamos esta existencia ilusoria. En el exterior de la casa, sacó las hierbas e hizo una ofrenda de fuego y mientras el humo elevaba al cielo su dedicación, se sintió orgulloso de su linaje familiar y se hizo el firme compromiso de hacer por todos los seres, lo mismo que su familia y su maestro habían hecho por él. Partió nuevamente al monasterio sin saber qué encontraría en el camino de regreso. Ahora ya no le importaba. En esta ocasión, correr había completado un ciclo del aprendizaje de Marcos y el viejo abad lo sabía.

 

© Chema Ayaso

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