Julio Moriarty

Ese lunar.-

Menos mal que fue el negro Quintana quien se encontró con él en Santa Catalina. De otra manera, habría llegado a casa y habría encontrado su cama vacía.

«No seas boludo. Es mi primer carnaval acá. Me hablaste tanto de él que me muero por conocerlo por mí misma

Quintana no paraba de bailar, como para animarlo, pero desde que habían dejado de beber ya no resultaba tan fácil. Además, el disfraz del visir Jafar le pesaba como una noche sin Lucía. Decidido a no hundirse, acompañó a su amigo en ese baile tan sensual que nunca reconocía como propio.
Yo sé que no quería mirar, pero le resultaba difícil no ver a la joven disfrazada de geisha que ocultaba apenas, con su abanico de baile, el rostro demasiado maquillado y que reía tan solo para él. Imagino cómo se le aceleró el pulso cuando ella por fin se le acercó, le saludó al modo oriental, le miró a los ojos sonriendo, y con un levísimo movimiento de cabeza, le invitó a seguirla. Me contó que nunca había disfrutado tanto como aquella noche; que los dedos de la geisha eran puro fuego para su piel; que esa boca tan roja era el mismo sol y que besó infinitas veces ese largo y hermoso cuello, deteniéndose en el oscuro lunar, el mismo lunar que tanto y tanto amaba.


© Julio Moriarty

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