Lior Rg

Camino de Santiago.-

Cantabria me recibe con mucha agua. Y un viento que te hace caminar haciendo eses, como si no hubiera pasado el efecto de todas las cervezas (con anchoa de Santoña, como mandan los cánones) de la noche anterior. Las cuestas, que cuando van hacia abajo son pendientes, cuestan más. Las pendientes, que cuando van hacia arriba son cuestas, se convierten en ríos de asfalto resbaladizo.
Por primera vez, el incesante agua, que insiste e insiste, penetra en el fortín de la Sequedad en que se habían convertido mis fieles y fantásticas botas. Es el noveno día de viaje y hasta ahora han resistido al pegajoso fango de los montes vascos. Han resistido los envites del implacable y duro asfalto. O las peleas a puño desnudo con las rocas en el camino. La arena, que siempre lo consigue, lo había intentado también y nada logró.
Ni un grano.
Pero no han podido con el aguacero impresionante que sin tregua ha caído sobre nosotros, nada más salir de Noja en dirección a Güemes, durante algo más de dos horas. Aún así, todo sea dicho, han sucumbido sólo en el último momento. Toman ahora el merecido descanso del guerrero a pies del fuego de la chimenea del albergue de La Cabaña del abuelo Peuto, donde sus hospitaleros nos han recibido con sopa y embutido ibérico. Queso de Tresviso (cabrales), chistorra y budín. Su vinito, su cafetito y un aguardiente casero de los que quitan la respiración. Y la quitan de verdad.
Hoy fue duro, casi tanto como ayer.
Ayer fueron cuarenta y cinco kilómetros y hoy no llega a los veintidós.
El esfuerzo y sufrimiento acumulados pasarán al olvido cuando a lo largo de esta tarde, y durante estos dias, rememoré el momento en que Thomas, un médico alemán con quien me he cruzado, y yo, bajo la lluvia, ayudamos a una vaca en el parto de su becerro.
Quedan 21 días.

© Lior Rg

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