Moisés Morán

La última vía.

Para ella todo había acabado, la mierda le había cubierto hasta los ojos y nunca supo muy bien por qué. La vida se le había ido complicando, a poquitos, sin darse cuenta, hasta que se vio sin salida. Ahora, sentada en una vieja caja de frutas, se preparaba el chute de aquella porquería que siempre la hacia volar y que, puta paradoja, era lo único que la ayudaba a escapar. Volar hacia arriba, muy alto, abrir los brazos, sentirse princesa, reina del mundo y ligera como una pluma, hermosa y virginal. Luego caía sin remedio, su mundo volvía a ser el puto mundo cruel que le había tocado vivir, sin esperanza y sin futuro. Pero no le importaba la caída, ni la esperanza ni el futuro, nunca le importó partirse la crisma después de un buen viaje, para ella valía la pena, porque no tenía otra salida, nunca la tuvo o si la tuvo, la pasó de largo cabalgando en su caballo gris.
Buscó una vena donde pincharse, ya casi no le quedaban y encontró una, en el tobillo derecho, la última vía. Cogió a la dama blanca, la puso en la cucharilla y pensó “mucha manteca para este viaje”. Pero le dio igual y siguió con el ritual maldito que la elevaba a los cielos. Volvió a volar, pero esta vez se sintió diferente, tanto, que se vio así misma tumbada cerca de la chabola de cartón y contrachapado, con la jeringa, de mil usos, colgando del tobillo, como si fuera un apéndice más de su cuerpo.
Al poco, oyó la voz de su padre que la llamaba, se giró y allí estaba al final de un camino de luz. También pudo reconocer a su hermano, que estaba igual que cuando se fue y a sus abuelos tampoco habían cambiado. Caminó hacia la luz; por fin todo había acabado.

© Moisés Morán

http://elpatiodeloscangrejos.blogspot.com/

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