Palo Rodríguez Ortega

Huracán.-

Él era un hombre escribiendo en el paraíso y yo una luna perdida bailando al borde del abismo. Compartíamos, en la distancia, porros, risas y un vaso de whisky frío con el borde roto que a veces nos cortaba los labios, pero nunca nos importó que nuestras sangres se mezclaran. A veces, sin darme cuenta, casi siempre sin avisar, se colaba por la ventana de mi balcón, y entonces, Madrid dejaba de ser Madrid y se convertía también en el paraíso. En silencio, sin palabras, se acercaba por mi espalda y nunca me dejaba que me girara a mirarle. Apoyaba sus manos en mis hombros y recorría despacio el camino entre estos y las puntas de mis dedos. Su boca, asesina, diosa, maldita, acariciaba mi cuello, rozándolo apenas, para abrirse después y clavarme sus dientes, como pequeñas dagas desgarrando mi fina piel. Y yo, no podía hacer más que entregarme, incorporarme, pegar mi espalda a su pecho, bailar despacio apretándome contra él, susurrando una y otra vez, “Soy tuya…”. Sentir su calor, y allí, entre mis nalgas, la fuerza de su sexo, su inminente marea, la luna creciente abriéndose paso hacia mis puertas abiertas. Sus manos en mis pechos palpitantes a la luz de la mañana, a la luz de su alma. El sexo cargado de rocío rugiendo su nombre. Y entonces, si, agarrado a mi cintura, me giraba despacio y podía perderme en el desierto de sus ojos, en esa noche marroquí con olor a hierbas prohibidas. Mi boca en la suya, bebiendo a sorbos nuestra desesperación, lamiendo cada labio, cada diente, sorbiendo cada gota de sangre y de saliva. Mis piernas anudadas en su espalda, su sexo golpeando en mi interior, dándome vida y muerte en cada entrada, en cada salida. Follando como perros, haciendo el amor como dioses, y allí, sobre nuestras cabezas, las almas abrazadas nos miraban en silencio. Él era la vida misma. Él era todo lo existente y todo lo que existiría. Era el futuro y la esperanza. Cada noche, al irse me repetía su nombre, su nombre de escritor, su nombre de hombre. Y yo, abrazada a la almohada cerraba mis ojos para soñarle mejor, borracha de su alma y sus palabras, feliz, feliz de saber que volverá, feliz de saber que algún día…

© Palo Rodríguez Ortega

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