Silvia Gil

La maestra de mi abuela:

La maestra de mi abuela repartía caramelos en clase el día del patrón de la escuela.

Como no sabía cálculo pero era generosa, las primeras niñas de la fila ponían sus manitas en forma de cuenco y les caían cuatro y hasta cinco piezas, las últimas de la fila apenas recibían uno, o sea, se quedaban sin nada.

Luego, por órdenes de la maestra, bajo imposición de poder, las niñas con más posesión cedían algunas unidades a las damnificadas y así se repartían los bienes sin más caos social. Era un mundo correcto el de la escuela, aunque la maestra no supiera dividir.

Imagino que el reparto de las riquezas del mundo no debió de ser tan simple, o ¿sería Dios también un ser tierno sin conocimientos de cálculo?

Los mandatarios del planeta también deberían hacer como la maestra y así los últimos de la fila no se morirían de hambre, pero en lugar de hacerlo, se quedan con la bolsa.

Silvia Gil

Llorando desnuda en París.-

Me gusta sentarme frente al Pompidou y respirar la vida que emana, cerrar los ojos y escuchar la música entremezclada de improvisados artistas, me gusta ver sus descarados colores y sus pasillos de cristal suspendiéndose en el aire, si te fijas bien, entre sus tubos cristalinos ascienden de forma ordenada los visitantes, como hormigas colonizando su espacio, allí todo vale, por eso me gusta, porque representa la absoluta libertad.
Entre sus muros se albergan colecciones fascinantes y otras veces incomprensibles, pero todo vale, hay que seguir adelante. Frente al Pompidou recuerdo a la monja que me daba clase de dibujo y recreo la imagen de haber pintado un plátano azul para su escándalo y mi suspenso. En el Pompidou todo está permitido, dentro y fuera, – allí no hay monja- todos libres creando desde un pensamiento también libre.
En su plaza, se respira y se absorbe la esperanza de cambiar las cosas, de crecer saltándose las normas. Cuando cae la noche cesa el desfile y al cruzar la esquina, ver su imagen impresiona, en esos momentos el museo parece un gigante dormido y entonces conviene pasear sin hacer mucho ruido.
Me gusta el pan caliente y las tiendas de flores, me gustan los tapices de geométricas frutas que se regalan a tu paso, me gustan las mermeladas que en Paris parecen tener colores más vivos y el rojo del vino y de las cerezas y el sabor de la mantequilla salada.
Me gusta su desorden; espontáneo y delicado y sus cementerios, donde sobre las tumbas se levantan bellos árboles y sus jardines de otros tiempos, con recogidos bancos, donde besarse es aún misterioso y las estrechas calles entre las que se escucha una lengua lo suficientemente lejana como para evadirte y lo suficientemente cercana como para adentrarte si lo deseas.
Me gustan los chicos con bufanda caminando airosos y descendiendo por la bellísima boca de metro de Port Royal, me gustan las ancianas que pasean perritos feos pero bien peinados y los niños negros que miran los perritos y danzan juguetones.
Me gusta el café caliente y el vaho en las ventanas, los baños en lugares improvisados y las casas minúsculas y laberínticas con impresionantes vistas a los tejados, me gusta la inmensidad de sus calles, la serenidad de sus piezas perfectamente ensambladas en bellísimo desorden y sus estudiantes pobres colándose en los cines.
Me gustan los pianos en las cocinas y los tiburones de plástico en los baños, me gusta la casa a medio construir, con muros desconchados y bañeras de patas, con manteles bordados traídos de Bretagna y flores siempre frescas junto a la ventana, me gustan los gatos haciendo equilibrios sobre radiadores de hierro fundido repintados.
Me gusta su olor a lavanda y tabaco, a polvos de talco y tela de algodón…
Junto a las pequeñas tiendas de antigüedades hay un bar encantador, donde siempre hay sonrisas y se sirven extravagantes platos mientras la gitana María lee las manos y asegura destinos fascinantes y felices.
Me gusta el pan turco, el acento del tendero y la mixtura, me gusta la combinación de sus calles, sus escondidos portales, la delicadeza de sus rincones y la solemnidad de su origen, me gusta París viva y gris, renovándose y conservándose al mismo tiempo.
Detenida y en marcha, como un agua que fluye lento con movimiento imperceptible a los ojos.
Y qué bello asomarse a la ciudad a través del reloj del Musé d´Orsey y pararse en la habitación de Vincent Van Gogh, al que la monja no hubiera puesto ni un cuatro… o en los acuchilladores de parqué, al que la monja no hubiera sabido qué ponerle, bueno quizá camiseta a los muchachos… o contemplar desde el Sena la isla de la cité para ver la estructura de Notre Dame y sentir que cuando el hombre quiere ser imponente y se empeña, es capaz de hacer cosas increíbles.
Y al entrar, imaginar a Napoleón coronándose a si mismo emperador o a Víctor Hugo dando vida a Cuasimodo entre siniestras quimeras de piedra. O pasear frente al Louvre e imaginar cuántos tesoros robados de otras tierras duermen en su interior, cuánta belleza arrancada por la fuerza. No imaginaron los faraones terminar mudando sus tumbas a semejante sarcófago, porque está allí encerrado todo Egipto… encerrado bajo llave.
De noche, me gusta callejear por Montmartre entre pequeñas terrazas y empedradas calles, perderme entre bares ruidosos bebiendo vino, y cuando todo calla, a escondidas; retirarme, metiendo las manos frías en los bolsillos mientras subimos las torcidas escaleras de la buhardilla, desde donde la torre Eiffel es por fin, una imagen delicada y lejana, sorprendente, donde te gusta mirarme mientras la contemplo, cuando mi ropa descansa sobre una silla y la ventana está abierta y entra el frío y se escuchan lejanas algunas voces perdidas y me abrazas por detrás y me devoras… se para el mundo para escuchar el placer y soy por fin capaz de llorar desnuda y descalza.

© Silvia Gil Alberdi

Be Sociable, Share!

1 comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *