RODRÍGUEZ BLANCO, BELKYS
En La hija de Yemayá hay muchos perdedores y pocos ganadores. Gánsteres, prostitutas, chulos y políticos se mueven entre un pueblo perdido en la geografía cubana y La Habana. Todos tienen un denominador común: la violencia. Cansada de vejaciones y pobreza, Lucía se marcha a la capital del brazo del proxeneta Sebastián Pitaluga. Allí conoce al senador Aquilino, un tipo sin escrúpulos, que se obsesiona con ella. Sebastián y Aquilino se asocian a un mafioso norteamericano para administrar un importante casino. Sebastián se enamora de Madame Sorel, un transformista chino que aspira a convertirse en estrella del bolero. Un signo trágico marca a ambos hombres.
En El Jíbaro, Jacinta lee el futuro en los caracoles y advierte a su nieta Estrella sobre un amor que puede destruir su futuro. Jacinta trabaja de criada en la mansión de la calle Angustias. Doña Carmen, su patrona, lee el futuro en la taza de café y ve la desgracia que se cierne sobre su hogar por culpa de la vida disoluta de don Agustín, su marido. Lucía, amenazada de muerte por la mujer del senador, ha regresado al pueblo para montar su propio negocio. Como consecuencia de los conflictos por la apertura del burdel, un crimen y su embarazo, Lucía está a punto de perderlo todo.
La trama de esta novela de género negro transcurre en la segunda mitad del siglo XX. Ingredientes como la música, el amor y el desamor, los chanchullos políticos y un movimiento revolucionario que intenta derrocar al presidente marcan el destino de los personajes. El uso de la ucronía retrasa hasta los años 2000 el triunfo de la revolución cubana.